Hay un antiguo proverbio: todos los caminos llevan a Roma. En su día reflejaba la idea de que Roma era el centro del mundo, el lugar donde convergían las rutas comerciales, los intereses políticos y el destino de pueblos enteros.

Hoy el proverbio tiene una continuación inesperada.

Todos los caminos llevan a Kyiv.

No porque Ucrania gobierne el mundo. No porque en Kyiv se decidan el precio de cada barril de petróleo, la composición de los gobiernos europeos o el resultado de las elecciones estadounidenses. Y desde luego no porque los ucranianos hayan aprendido de algún modo a controlar instituciones internacionales que no están a la altura de sus responsabilidades.

Se trata de otra cosa.

La guerra de Rusia contra Ucrania se ha convertido en una de las pruebas de resistencia más importantes del orden internacional. Pone al descubierto contradicciones: entre el derecho internacional y los mecanismos que realmente lo hacen cumplir; entre la interdependencia económica y la confrontación geopolítica; y entre los compromisos de las democracias occidentales y su disposición a asumir los costes de defender sus propios principios.

La cuestión de Ucrania afecta a la defensa europea, los mercados energéticos, la seguridad alimentaria, la política de sanciones, la resiliencia de las instituciones democráticas y el futuro de las relaciones transatlánticas.

Eso no significa que todos los problemas mundiales fueran causados por la guerra en Ucrania. Al contrario: muchos existían mucho antes de febrero de 2022.

Pero ahora resulta mucho más difícil ignorarlos.

Ahí está la paradoja central: Ucrania no es el centro del universo. Sin embargo, lo que ocurre allí obliga a numerosos Estados a replantearse su concepción del mundo.

El mundo ha entrado en una era de competencia, y esta ya no es solo una valoración ucraniana

Para entender hasta qué punto la guerra en Ucrania está vinculada a la crisis más amplia de las relaciones internacionales, conviene mirar un informe al que difícilmente se puede acusar de estar escrito únicamente desde una perspectiva ucraniana.

En enero de 2026, el Foro Económico Mundial publicó su Global Risks Report 2026. En la encuesta que sirve de base al informe participaron más de 1.300 expertos de todo el mundo. La confrontación geoeconómica ocupó el primer puesto, con un 18 por ciento de las respuestas, entre los riesgos que podrían provocar una grave crisis mundial en 2026. En segundo lugar quedó el conflicto armado entre Estados, con un 14 por ciento.

Estas cifras deben interpretarse correctamente. Reflejan la evaluación de riesgos de los expertos, no la probabilidad estadística de una catástrofe mundial. Aun así, el resultado es revelador: la competencia económica, los conflictos armados y el debilitamiento de la cooperación internacional no se consideran fenómenos independientes, sino peligros interrelacionados.

El informe describe un cambio más amplio: las relaciones internacionales están cada vez más marcadas por la rivalidad, el uso del comercio y las finanzas como instrumentos de presión y la disminución de la confianza entre Estados.

Es precisamente aquí donde la historia de Ucrania adquiere relevancia mundial.

Rusia recurre a la fuerza militar para alcanzar objetivos políticos. Otros Estados responden con sanciones, apoyo militar a Ucrania, restricciones a la exportación y una reorientación de sus estrategias de defensa. Los vínculos económicos, que podrían crear un interés compartido en la estabilidad, se convierten también en herramientas de confrontación geopolítica.

Por eso la guerra afecta no solo a las líneas del frente, sino también a las rutas comerciales, las decisiones de inversión, los presupuestos públicos y las relaciones entre aliados.

El mundo no es necesariamente menos interdependiente. Lo es de otra manera: mediante la competencia, la dependencia de recursos esenciales y la necesidad de prever las consecuencias de decisiones tomadas en otros lugares.

Ucrania es uno de los lugares donde esta nueva realidad resulta especialmente visible.

Derecho internacional: las normas existen. ¿Qué ocurre cuando se violan?

Una de las preguntas más incómodas que ha planteado la guerra contra Ucrania es esta: ¿qué significa el derecho internacional cuando un Estado que vulnera sus principios básicos puede prolongar una guerra durante años?

La Carta de las Naciones Unidas consagra el principio de la igualdad soberana de los Estados y prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otro Estado, con las excepciones previstas por el derecho internacional.

Sin embargo, el sistema internacional no dispone de un mecanismo universal que detenga automáticamente una agresión una vez iniciada.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tiene la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad internacionales. No obstante, el derecho de veto de sus miembros permanentes limita la posibilidad de actuar contra uno de ellos. La Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional desempeñan funciones distintas: no son órganos universales de ejecución capaces de poner fin por sí solos a las hostilidades.

Eso no convierte el derecho internacional en una ficción. Establece normas vinculantes, constituye una base para exigir responsabilidades, permite documentar violaciones y hace posibles acciones legales. Pero existe una diferencia fundamental entre que una norma exista y que se aplique.

La guerra contra Ucrania ha hecho especialmente visible esa brecha.

En sus conclusiones del 18 de junio de 2026, el Consejo Europeo reafirmó su apoyo a la integridad territorial de Ucrania, declaró que las fronteras no deben modificarse por la fuerza y destacó que el camino hacia la paz no puede determinarse sin la propia Ucrania. Los dirigentes europeos vincularon también la continuidad de la agresión rusa con la necesidad de reforzar la defensa de Europa, apoyar a Ucrania y reducir los ingresos de Rusia procedentes de las exportaciones energéticas.

Aquí se manifiesta una contradicción fundamental de la política internacional.

Por un lado, los Estados europeos reafirman la universalidad de los principios de soberanía e integridad territorial. Por otro, reconocen que proteger esos principios requiere capacidades militares, recursos financieros, sanciones y una voluntad política sostenida.

En otras palabras, las normas jurídicas no hacen innecesario el poder capaz de disuadir su vulneración.

La pregunta no es si necesitamos el derecho internacional, sino cómo hacerlo eficaz en un mundo en el que algunos Estados están dispuestos a pagar un precio elevado por ignorarlo.

Ucrania no creó este problema. Se ha convertido en el Estado cuya experiencia hace imposible pasar por alto sus consecuencias.

Europa comprende que no puede delegar su seguridad indefinidamente

Durante mucho tiempo, la seguridad europea se basó en una combinación de capacidades de defensa propias, garantías estadounidenses, la OTAN y la presunción de que una gran guerra entre Estados del continente era improbable.

La invasión rusa de Ucrania cambió ese cálculo.

El estudio Defending Europe, Deterring Russia, publicado en junio de 2026 por el Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea, examina la necesidad de reforzar las capacidades de defensa europeas ante la persistente amenaza rusa y la incertidumbre sobre la magnitud y la continuidad del apoyo estadounidense. También analiza operaciones híbridas, sabotajes, ciberataques y la capacidad de Rusia para reconstruir su potencial militar.

No obstante, las estimaciones sobre los plazos en los que Rusia podría convertirse en una amenaza militar mayor para los Estados de la OTAN siguen siendo evaluaciones de riesgo; no son fechas fijadas para un futuro ataque.

También resulta esclarecedora la evaluación del Servicio de Inteligencia Exterior de Estonia.

En su informe International Security and Estonia 2026, publicado el 10 de febrero de 2026, el servicio afirmó que, según su evaluación, Rusia no tenía previsto atacar Estonia ni a otro miembro de la OTAN durante el año siguiente. Al mismo tiempo, advirtió de que la reforma militar rusa aumentaría en los próximos años las capacidades de sus fuerzas armadas y subrayó la necesidad de seguir reforzando la defensa.

Esta distinción es importante: que no exista una intención aparente de atacar a la OTAN de inmediato no significa que no haya una amenaza a largo plazo.

De ello no se desprende que la guerra contra Ucrania vaya a desembocar inevitablemente en una guerra con la OTAN. Sería una conclusión excesiva. Sí se desprende que los Estados europeos deben planificar su defensa teniendo en cuenta un posible aumento adicional de las capacidades militares rusas y unas condiciones de política exterior inestables.

Una vez más, Kyiv se encuentra en el cruce de los intereses europeos.

El apoyo a Ucrania puede limitar la capacidad de Rusia para hacer la guerra y dar tiempo a los Estados europeos para reforzar sus propias fuerzas armadas. Eso no significa, sin embargo, que el ejército ucraniano pueda sustituir la defensa europea ni que toda la seguridad del continente dependa únicamente del resultado de los combates en territorio ucraniano.

Europa debe defenderse y, al mismo tiempo, ayudar a Ucrania a defenderse de la agresión.

Por eso, la cuestión de mantener el apoyo militar a Kyiv no es solo una cuestión de solidaridad. También concierne a los cálculos estratégicos, el gasto en defensa y el nivel de riesgo que los Estados europeos están dispuestos a asumir en el futuro.

Ucrania no tiene que decirle a Europa cuánto debe gastar en su propia seguridad. Pero la guerra rusa ha hecho mucho más arriesgado aplazar esa decisión.

Petróleo, diésel y el coste de las decisiones ajenas

La economía energética muestra con especial claridad lo difícil que es separar la guerra en Ucrania de la economía mundial.

Conviene distinguir dos procesos relacionados, pero no idénticos.

El primero se refiere a los ingresos de Rusia por las exportaciones de petróleo y gas, importantes para el presupuesto estatal y la financiación de la guerra.

El segundo tiene que ver con los precios mundiales de la energía. Estos dependen de la oferta y la demanda globales, la capacidad de producción, las rutas de transporte, las sanciones y los conflictos en distintas regiones.

El Instituto de la Escuela de Economía de Kyiv sigue sistemáticamente los ingresos energéticos de Rusia, sus exportaciones de petróleo, las actividades de la llamada flota fantasma y la eficacia de las sanciones. Sus análisis mensuales, Russia Chartbook y Russian Oil Tracker, examinan cómo afectan los cambios de los mercados energéticos a la economía rusa y a la financiación de la guerra.

En marzo de 2026, el Instituto KSE advirtió por separado de que una escalada del conflicto en Oriente Medio, los daños a las infraestructuras energéticas de la región y las restricciones a la navegación por el estrecho de Ormuz estaban creando condiciones para que subieran los precios mundiales. Unos precios elevados durante un periodo prolongado podrían aumentar los ingresos rusos por exportaciones y reducir la presión sobre el presupuesto estatal.

Es un ejemplo de cómo dos conflictos en regiones distintas pueden influirse mutuamente a través del mercado energético mundial.

Una guerra en Oriente Medio puede aumentar los ingresos rusos procedentes de las exportaciones energéticas. Esos ingresos pueden ampliar, a su vez, los recursos financieros disponibles para continuar la guerra contra Ucrania. Al mismo tiempo, las sanciones, los ataques ucranianos contra refinerías rusas y las restricciones a la exportación afectan a partes del sistema energético ruso.

Ninguno de estos factores determina por sí solo los precios mundiales.

Precisamente por eso, afirmar que Ucrania controla por sí sola los precios mundiales de los combustibles es una exageración evidente. Sin embargo, la afirmación se apoya en un fenómeno real: los acontecimientos en Ucrania pueden influir en las decisiones de los participantes en el mercado y en los debates políticos mucho más allá de sus fronteras.

Lo mismo ocurre con los alimentos.

En agosto de 2026, Reuters informó de graves problemas en las exportaciones ucranianas de cereales en medio de los ataques rusos contra las infraestructuras portuarias y los buques civiles en el mar Negro. Según datos atribuidos en la información al ministro de Agricultura ucraniano, las rutas alternativas solo podían transportar alrededor de la mitad del volumen que antes salía por los puertos del mar Negro. En las últimas temporadas, Ucrania representó cerca del seis por ciento de las exportaciones mundiales de trigo y el once por ciento de las de maíz.

Eso no significa que cada aumento de los precios mundiales de los alimentos sea consecuencia de la agresión rusa. Las cosechas, el clima, el coste de los fertilizantes, la logística, la demanda y la política comercial también influyen en los mercados alimentarios.

Pero cuando se interrumpen los suministros de un exportador importante, las consecuencias pueden extenderse mucho más allá de la zona de guerra.

La energía y los alimentos muestran, por tanto, el mismo patrón: la guerra afecta no solo al territorio donde se combate, sino también a las cadenas internacionales de suministro, los precios y las decisiones políticas.

No todos los caminos llevan a Kyiv. Pero algunas de las rutas por las que circulan petróleo, cereales y dinero sí pasan por las consecuencias de la guerra contra Ucrania.

Las democracias deben defenderse sin dejar de ser democracias

La agresión rusa ha planteado otro reto difícil a las democracias occidentales: ¿cómo pueden protegerse de la presión externa sin renunciar a sus propios principios políticos?

La influencia sobre la opinión pública, las operaciones de información, los ciberataques, la injerencia electoral y la explotación de divisiones internas pueden crear amenazas sin que un ejército cruce una frontera.

Aquí es esencial ser precisos.

No todos los desacuerdos políticos de una sociedad occidental están organizados por Moscú. Ningún escándalo, protesta o conflicto entre aliados demuestra por sí mismo que exista una operación rusa. En su informe de 2026, el Servicio de Inteligencia Exterior de Estonia advirtió expresamente contra la idea de que detrás de cada acontecimiento haya un plan elaborado del Kremlin: existen operaciones rusas de influencia y sabotaje, pero no toda coincidencia forma parte de un plan único.

Esta cautela es especialmente importante si queremos comprender las amenazas en vez de crear el mito de un adversario omnipotente.

Al mismo tiempo, las conclusiones del Consejo Europeo de junio de 2026 mencionan expresamente la manipulación de la información y las injerencias rusas, así como las amenazas para la seguridad europea relacionadas con la continuidad de la guerra.

Los Estados occidentales tienen una tarea difícil: detectar y contrarrestar operaciones hostiles preservando la libertad de expresión, la competencia política y la independencia de las instituciones.

La sospecha excesiva puede destruir la confianza tanto como la desinformación. Por otra parte, una respuesta insuficiente puede permitir que actores externos exploten la apertura de las sociedades democráticas.

Ucrania está en el centro de este debate por motivos objetivos. Está en guerra con un Estado que libra contra ella una guerra de agresión a gran escala y, al mismo tiempo, depende de la voluntad política de sus aliados democráticos.

Pero Ucrania no exime a los políticos estadounidenses y europeos de la responsabilidad por sus propias decisiones. La polarización interna, las dificultades económicas y la desconfianza en las instituciones públicas tienen muchas causas que no pueden reducirse a la influencia extranjera.

Cuando Ucrania se convierte en objeto de disputas políticas internas en Estados Unidos o Europa, eso muestra hasta qué punto la política exterior ha cobrado importancia en la vida interna de esos países. No convierte a Kyiv en el director de campañas electorales ajenas.

Así nos acercamos a la imagen satírica central de este ensayo.

Un país capaz de hacerlo todo. Al menos en los relatos de los demás

Imagine un país cuyo territorio incluye una península bañada por las aguas de cuatro océanos.

Un país con carreteras tan majestuosas que mil tanques podrían avanzar al mismo tiempo en columna de combate, mientras que la tierra negra de ambos lados sería tan fértil que podría tragárselos a todos de una vez.

Un país que controla los precios mundiales de los combustibles, determina el futuro de la seguridad europea, pone en duda la eficacia de las instituciones internacionales y, según algunos relatos, decide casi por sí solo el destino de las elecciones estadounidenses.

Un país que logra amenazar a unos jefes de Estado, echar a perder negocios lucrativos para otros y convertirse en la explicación conveniente de prácticamente cualquier fracaso político o económico.

¿Dónde se encuentra un Estado tan extraordinario?

La geografía introduce, por supuesto, una pequeña objeción. Ucrania no tiene una península bañada por cuatro océanos. Sus carreteras no están diseñadas para interminables columnas de tanques y ni siquiera su tierra negra, excepcionalmente fértil, puede tragarse vehículos blindados por orden del Estado.

Pero en la imaginación política todo es posible.

Sobre todo cuando se trata de Ucrania.

En un relato político, Ucrania es un Estado débil que no puede existir sin ayuda extranjera. En otro, es una potencia capaz de hundir los mercados energéticos, frustrar planes diplomáticos, arrastrar a grandes potencias a un conflicto e influir en elecciones al otro lado del mundo.

Ambas imágenes pueden servir a quienes las difunden. La primera permite subestimar la capacidad de acción de Ucrania. La segunda ayuda a explicar las propias dificultades atribuyéndolas a la actuación de un agente externo.

La realidad, como tantas veces, es más compleja.

Ucrania tiene intereses propios, un ejército, instituciones políticas, recursos económicos y límites claros a su capacidad de actuación. Sus decisiones tienen consecuencias, pero no anulan la autonomía de otros Estados. Su resiliencia importa para Europa, pero no hace a Kyiv responsable de todos los problemas de la política europea.

Ucrania puede influir en el curso de los acontecimientos sin controlarlos por completo.

Quizá eso sea precisamente lo que más cuesta aceptar a quienes están acostumbrados a pensar en términos de poder absoluto o dependencia absoluta.

Kyiv como espejo del mundo

Hay otra razón por la que la cuestión de Ucrania vuelve una y otra vez a la agenda internacional.

Obliga a los Estados a posicionarse no solo ante una guerra concreta, sino también ante los principios que los guían.

¿Qué pesa más: la integridad territorial o una ventaja económica a corto plazo? ¿Cómo se concilia el deseo de paz con la necesidad de no premiar la agresión? ¿Puede alcanzarse un acuerdo duradero si una de las partes considera la fuerza militar un medio para cambiar las fronteras? ¿Deben los aliados ayudar a un Estado atacado incluso cuando esa ayuda les impone costes políticos y económicos?

No hay respuestas sencillas a estas preguntas. Pero cada vez es más difícil eludirlas.

Para los Estados europeos, la guerra obliga a replantear la defensa y la autonomía estratégica. Para Estados Unidos significa equilibrar sus compromisos mundiales, sus relaciones con los aliados y sus prioridades internas en competencia. Para las organizaciones internacionales implica encontrar formas de actuar cuando las divisiones políticas limitan el uso de los mecanismos existentes. Los Estados ajenos a Europa deben tener en cuenta las consecuencias de la guerra para el comercio, la energía, la alimentación y las normas internacionales.

Ucrania no es el único lugar donde confluyen estas contradicciones. Otras regiones tienen sus propios conflictos, amenazas y centros de poder. Sería un error reducir a un solo país todo lo que ocurre en el mundo.

Pero la guerra en Ucrania se ha convertido en uno de los principales puntos de encuentro de varios problemas mundiales.

Por eso no se trata solo del futuro de Ucrania. También se trata de las reglas que regirán las relaciones internacionales después de la guerra, de las lecciones que extraerán los posibles agresores y de la credibilidad de las garantías de seguridad para los Estados que no quieren ser los siguientes.

En este sentido, Kyiv sí se encuentra en la encrucijada de muchos caminos.

No porque el mundo entero tenga que mirar a Ucrania, sino porque las consecuencias de la guerra no permitirán que el mundo aparte la mirada para siempre.

Todos los caminos llevan a Kyiv. Pero ¿adónde conduce el camino que sale de Kyiv?

El viejo proverbio sobre Roma presuponía un centro al que convergían los caminos. La geopolítica moderna es más compleja: no tiene un único centro y los acontecimientos en distintas regiones pueden cambiar la dirección de todo el sistema.

Ucrania no gobierna este mundo. No fija por sí sola los precios mundiales, no decide el resultado de las elecciones estadounidenses ni puede obligar a las organizaciones internacionales a funcionar como sus fundadores habían previsto.

Sin embargo, Ucrania se encuentra en una situación en la que su lucha por la supervivencia plantea preguntas de las que también dependen otros Estados.

No se trata de omnipotencia ucraniana, sino de responsabilidad: ante todo, hacia sus propios ciudadanos, que pagan directamente el precio de la guerra, y hacia el futuro de su país.

El resto del mundo también debe extraer sus conclusiones.

Se puede considerar Ucrania un obstáculo incómodo, un factor de riesgo, un objeto de negociación diplomática o un asunto desagradable de política interna. Se puede intentar separar su destino de los propios intereses. Se puede culpar a Ucrania del aumento de los precios, del fracaso de las negociaciones y de las contradicciones del orden internacional.

Pero la geografía, la economía y la seguridad no desaparecen solo porque resulte incómodo hablar de ellas.

La guerra de Rusia contra Ucrania ya forma parte de la historia del siglo XXI. La forma en que termine, las garantías de seguridad que se establezcan y las lecciones que extraigan los Estados influirán en las relaciones internacionales mucho más allá de Europa.

Por eso todos los caminos llevan a Kyiv: no a una capital que da órdenes al mundo, sino a un lugar donde el mundo debe poner a prueba sus propias promesas.

Y después tomar decisiones.

Cuando se silencian las fórmulas diplomáticas, los cálculos de mercado, las declaraciones de campaña y los debates sobre el orden mundial, no queda una construcción geopolítica abstracta.

Queda un país.

Sus ciudades y pueblos. Su gente. Su tierra. Su lengua. Su derecho a decidir su propio futuro.

Un país que no necesita gobernar el mundo entero para merecer su lugar en él.

Ucrania sagrada, mía: eterna e invencible.

Fuentes y notas editoriales

Las siguientes fuentes sirven de base a los análisis citados en el texto. Antes de publicar, deben volver a comprobarse la actualidad, las cifras exactas y la formulación original de todas las afirmaciones vinculadas a fechas concretas.

Foro Económico Mundial – Global Risks Report 2026 — https://www.weforum.org/publications/global-risks-report-2026/

Consejo Europeo – Conclusiones del 18 de junio de 2026 sobre Ucrania y la defensa europea — https://www.consilium.europa.eu/en/press/press-releases/2026/06/18/european-council-conclusions-on-ukraine-and-on-european-defence-and-security/

Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea – Defending Europe, Deterring Russia — https://www.jstor.org/stable/resrep79811

Servicio de Inteligencia Exterior de Estonia – International Security and Estonia 2026 — https://valisluureamet.ee/doc/raport/2026-en.pdf

Kyiv School of Economics Institute – Análisis de sanciones — https://sanctions.kse.ua/en/sanctions-analytics/

Reuters – Exportaciones ucranianas de grano y ataques contra infraestructuras portuarias (agosto de 2026) — https://www.reuters.com/world/ukraine-turns-alternative-grain-export-routes-counts-losses-russia-blocks-ports-2026-08-04/

Nota sobre la grafía: el nombre de la capital ucraniana aparece en todo el documento como «Kyiv», conforme al ucraniano Київ y no a la forma rusa Киев. Por eso el título dice «¿Todos los caminos llevan a Kyiv?».

Nota editorial: la ilustración es una representación simbólica creada expresamente y no una fotografía documental. Antes de publicar, deben comprobarse con las fuentes originales, en particular, las afirmaciones vinculadas a fechas y las cifras.